viernes, 1 de enero de 2010





Tu monstruosa belleza me atrapa;
devórame hasta q' ya no quede nada
de mi ruidosa carne
q' se ofrece desnuda al mundo
como un banquete florido.

Tu asquerosa divinidad
la reclama para sí;...

..ó en lugar de ello,
vomita sobre mí
tu inagotable parloteo
sin escucharme un segundo
y sin tomarte un momento
para pensar lo q' dices,
animal parlante
q' andas sin ver,
y sin oír
hasta q' tus carnes
se pudran en la tierra.


Tu corazón te odiará por eso
y al final
detendrá sus latidos.




¡Qué olorosa putrefacción
cuando las carnes fallecen;
qué absurdo dolor,
el de los q' quedan penando...

...hasta q' al final
también ellos dormirán
bajo la tierra,
y serán comidos por los gusanos
y las raíces de los árboles.

Yo los he visto nacer,
chillar, y morir
tantos milenios.
Sus fornicaciones añejas
se repiten
como el amanecer de los días.
Vivo en ellos
sin q' lo sepan,

en su raíz más profunda.

La música te baila en el cuerpo
me baila también a mí.
Nos baila esta música a todos
y nuestros cuerpos bailan también

como en el viento, las hojas
como los barcos en el mar.



La música de la ciudad vibrante
nos baila a todos en la sangre;
con mi ritmo sigue adelante,
con la música de las calles,
de los autos, de los camiones
y las canciones
de los viajantes.

La ciudad hieve
como la comida en la olla,
como las hormigas
en el hormiguero,
como las familias en las casas,
como el sol en el cielo;
los motores y las máquinas
me cantan una canción deforme,
una canción de cuna
q' me arrulla
por las noches.